Inclusión escolar: nuestro desafío currícular

Ligia Angela Figueroa Carreño

Durante este proceso del curso de la ECDF, he podido hacer una introspección como docente y facilitadora de procesos académicos y convivenciales; encaminándome a cuestionar mi rol, y así poder ajustar y reconocer los aciertos y desaciertos dentro del proceso pedagógico llevado al interior del aula.

El cuestionarnos sobre nuestra labor no es fácil y más cuando se hace a conciencia, cuando se planea de manera sistemática de la mano con el currículo y teniendo en cuenta el contexto de los estudiantes. Pero cuando esto no se ve reflejado, es pertinente hacer ajustes y evaluar.

La inclusión de estudiantes con necesidades educativas especiales ha sido un tema que ha generado fluctuación y problemas en la dinámica escolar, por desconocimiento del manejo tanto de la discapacidad como de nuestro deber ser. En mi colegio es una realidad que ya debe ser asumida con toda la responsabilidad, por lo cual no debemos esperar a que el PEI cambie o modificar las leyes ya impuestas; es nuestro deber, y a partir de nuestro micro-currículo, empezar a ajustar y flexibilizar nuestras áreas.

Siendo el currículo uno de los aspectos de mayor importancia en el ámbito educativo, debemos tener total claridad de lo que es y las pretensiones de este al interior del aula. Existen numerosas definiciones de su deber ser, por lo cual si hacemos una mirada histórica nos encontramos como se inicia esta construcción teórica desde una visión academicista, donde el enfoque de currículo es entendido solo como la planeación de temas y contenidos. Se observa cómo se avanza hasta lograr que Arredondo (1981) incluya en su definición de currículo que este debe permitir un análisis y reflexión sobre las características del contexto del educando.

Según Lemke (Barrera, 1997), este comprende la suma total de todas las experiencias planeadas de aprendizaje. El currículo, desde esta perspectiva, puede entenderse por tanto como el conjunto de elementos que tienen directa influencia en el estudiante en el proceso educativo.

Para el siglo XXI nos encontramos con la definición de Iafrancesco V. Giovanni M. (2003) quien nos expone el currículo como el “conjunto de principios antropológicos, axiológicos, formativos, científicos, epistemológicos, metodológicos, sociológicos, psicopedagógicos, didácticos, administrativos, y evaluativos que inspiran los propósitos y procesos de formación integral de los educandos en un proyecto educativo institucional que responda a las necesidades de la comunidad educativa”(p.26)

Esta definición me genera una inquietud particular respecto a los procesos de inclusión escolar y específicamente a la adaptación curricular, porque si todas estas condiciones y variables antes enunciadas han sido tomadas en cuenta al momento de elaborar un currículo, ¿cómo se justifica, por consiguiente, su posterior acomodamiento a una situación que ya debía estar prevista? Además, si hablamos de integrar estudiantes especiales, ¿por qué crear otro currículo para ellos? Eso sería segregarlos, al contrario de incluirlos. Pero hay algo más grave aún y es cuando por adaptación curricular se entiende suprimir temas o contenidos bajo el atrevido supuesto que el estudiante con necesidades educativas especiales jamás podrá comprenderlos. En otras palabras, no hay claridad respecto de qué exactamente modificar o cuáles son las características específicas de la discapacidad del estudiante para emprender esas adaptaciones.

Debemos abogar por un currículo integrado que desde la reorganización de la enseñanza por ciclos comienza a adquirir un sentido más claro, pues toma los conocimientos previos de los estudiantes, las necesidades, los intereses, los ritmos de aprendizaje definiéndolo como un proceso de construcción colectiva, un currículo integrado con la perspectiva de transversalidad permite la formación de personas autónomas intelectual y moralmente es decir un currículo abierto y flexible para que la escuela esté más cerca de la realidad; pues promueve un plan de estudios de diversas formas como, tópicos generativos, ejes problémicos, ejes temáticos, temas de interés, integración por relatos, entre otros; que se  dimensionan en el aula de clase a partir de proyectos de aula. Es decir “Formas de Integración curricular”. Teniendo un currículo con esta visión se podría diseñar un plan de estudios que sea más asequible para lograr una inclusión de verdadera calidad, pero contradictorio a esto vemos cómo por un lado va la educación para los estudiantes de aula regular y por otro la inclusión escolar, por tanto considero que la inclusión escolar ya debe ser asumida por todo el sistema educativo, haciendo partícipe a toda la comunidad, permitiendo un acercamiento y flexibilización del plan de aula, donde la inclusión no sea vista como un trabajo extra para los docentes sino la posibilidad de poder ofrecer una “EDUCACIÓN PARA TODOS”

Cuando reconozcamos la realidad de la población diversa en la institución vamos a crear una construcción colectiva de lo que es y entraña una “cultura inclusiva”. Pues nuestra labor no debe ser la de incluirlos en una lista sino permitir desarrollar, adaptar y/o flexibilizar nuestro planeación curricular, favoreciendo el reconocimiento y respeto por la diversidad.

REFERENCIAS

Aguerrondo, I, (2001). Educación de calidad. Herramientas para la vida. En Plan de

Desarrollo Distrital Bogotá positiva: Para vivir mejor 2008-2012.

Lemke, D. (1981) Pasos hacia un currículo Flexible UNESCO. Santiago de Chile.

Iafrancesco, G.. (2003) Nuevos fundamentos para la transformación curricular a propósito

de los estándares. Bogotá D.C. Cooperativa Editorial del Magisterio