Blog de la facultad de Ciencias de la Educación

26 de febrero de 2018

“De basura a estructura” una experiencia de aula

Leidy Dayana Ramírez Carrillo 

Mientras el alba cae sobre la localidad de San Cristóbal al sur oriente de la capital, una fila de estudiantes recorre la calle once sur para llegar a una nueva jornada en su colegio que, aunque de  carácter privado, fue fundado con una noble causa por un grupo de hermanas inspiradas en el carisma de la ahora proclamada Santa Madre Laura Montoya y quienes en su afán de hacer de su vocación un maravilloso ministerio deciden , en el año 2006, ampliar la cobertura del colegio y pasar de ser una escuela primaria a un colegio que ofreciera la básica secundaria y la media vocacional.

Es en este proceso de transformación interna que se vincula un nuevo grupo de profesores, entre los que me encontraba yo, una estudiante próxima a culminar los estudios de licenciatura en la universidad. No solo me enfrentaba a la realidad del primer empleo, si no al de asumir la dirección del área de ciencias naturales en los grados sexto y séptimo, tareas que había experimentado coquetamente en las prácticas de la universidad pero que no encontraba cercanas ni mucho menos cotidianas.  

El reto que asumía traía consigo planear clases que involucraran las prácticas de laboratorio como complemento y explicación de los fenómenos estudiados. Para ello, debía apropiarme del espacio destinado para tal fin y fue precisamente ese momento, el que percibí como el primer obstáculo que, cual roca en el camino, truncaba mi planeada carrera al conocimiento.  Al llegar al laboratorio me enfrenté con un espacio cómodo pero sin dotación. Unos cuantos Erlenmeyer, vasos de precipitado y tubos de ensayo completaban el poco inventario con que se contaba.  ¿Qué hacer entonces? Una opción se orientaba a reprogramar las clases de tal manera que no se requiriera de este digno, pero poco dotado espacio o la otra, era buscar la forma de elaborar el material que se fuera a utilizar y así transformar una dificultad en una oportunidad, que además contribuyera a la recuperación y reutilización de materiales. Así nació la actividad denominada “DE BASURA A ESTRUCTURA” con el que se elaboraron instrumentos de laboratorio con material reciclado.

El primer elemento elaborado correspondió a un embudo de decantación el cual se diseñó a partir de una botella plástica de gaseosa. El primer diseño solo logró ser un embudo que permitía envasar sustancias no corrosivas de un recipiente a otro. El segundo modelo tuvo como mejora incorporar una llave que permitiera controlar el vertido de sustancias separadas en sus diferentes fases. Sin embargo, no era posible aún utilizar todo tipo de sustancias.  Fue entonces cuando se visualizó en las botellas de vidrio una gran opción. El tercer modelo y el que se utilizó hasta la compra del material del laboratorio correspondió a una botella de vidrio modificada con una llave de lavaplatos que permitía con escasa precisión la separación de la mezcla.

Con el ánimo de los resultados logrados y la necesidad de otras herramientas empezaron a surgir ideas que se materializarían con la reutilización de materiales. Un montaje de destilación simple cuyo tubo refrigerante fue elaborado con la parte superior de dos botellas plásticas de gaseosa y varillas de vidrio o metal hueco, mecheros de alcohol en recipientes de compota o  trípodes con latas de leche, se convirtieron en los equipos que no solo nos permitieron reconocer los procesos físico químicos que se encuentran involucrados en un proceso de separación de mezclas, sino que además contribuyeron a la cultura del reciclaje dentro de la institución, apropiándose de este y encontrándose con que la basura no es basura, lo que supuso que si bien se desechan materiales de plástico, vidrio, lata o incluso materia orgánica, ésta puede ser transformada en nuevos productos o herramientas que introducen en la cadena productiva lo que consideramos que debía salir.

La educación ambiental no es una asignatura contemplada en el plan de estudios de las instituciones educativas ni mucho menos se limita a la implementación de actividades, la educación ambiental es un estilo de vida, se aprende desde la experiencia y genera un compromiso que trasciende el aula; esto lo entendí como maestra, pero estoy segura que aún hoy, esos pequeños que me acompañaron, me guiaron y enseñaron en esta experiencia,  no solo generan discursos sobre el cuidado del entorno, sino que lo viven, lo sienten parte de su vida y de su experiencia.