Ciencias de la Educación

13 de noviembre de 2020

Ethos. Trasfiguración ética en forma de diáspora e implosión (A propósito del proceso de formación moral)

Leonardo Ajenor Rojas Merchan

La naturaleza humana tiende a realizarse en cada sujeto según su comprensión del universo. Es una potencia común a cada individuo de la especie que se hace acto siempre en formas y manifestaciones particulares. Somos, entonces, seres esencialmente similares, pero potencialmente heterogéneos, diferentes; que se apropian de una visión particular del universo y a partir de ello, en su forma más madura se relacionan con el entorno. Nuestro origen geográfico y particularidades biológicas también predeterminan las posibles expresiones de eso que seremos, nuestro ser (concepto poco estimado en esta economía de mercados globales).

Igualmente, la naturaleza humana está encaminada a formar grupos y fortalecer sus vínculos en la dinámica de esas organizaciones, desde el oikos hasta las ideas más supra- asimiladoras de cualquier sociedad. De tal suerte que, con cada expresión individual y colectiva, las relaciones humanas recrean una posible forma de convivir; a partir de un ethos específico, construido y desarrollado para sustentar la naturaleza humana (Arendt, 1993) y desplegar sus potencialidades (Fromm, 1953).

Cada nueva forma social reproduce un paradigma, una forma de ser, de relacionarse y determinarse, sociedades libres, comunitarias, estamentales, autoritarias, totalitarias, heroicas, aristócratas, democráticas, autocráticas, burocráticas, hasta bucólicas y dionisiacas: todas ellas participan de un origen (esencia) y finalidad (telos) únicos. Sus paradigmas y dogmas son estructuradores de cada individuo perteneciente a esos modelos, a esas representaciones (cultura).

Ahora, con la materialización de la idea de dominación, las fuerzas integradoras de las organizaciones humanas se diezmaron, y cada nuevo avance en las asimilaciones forzadas; política, económica o militarmente, desintegraban las raíces, el origen, la unidad, ese fantasmal y a la vez fundamental ethos.

Nuestro caso; esta paradisiaca, pintoresca y “genuina” Colombia, ha sido una tragedia dirigida al parecer por las parcas y los ciclopes, golpeada desde su inicio por fuertes voluntades externas, derrumbada antes de cualquier solidificación societal. Los pobladores ancestrales de estos territorios tal vez presentían la trasfiguración insondable que pronto asomaría y casi voluntariamente se dejaron caer en una profunda desmembración colectiva, y fue así como, la conquista y la enfermedad foránea, llegaron, y llegan, para consolidarse rápido y eficientemente. Los paradigmas sobre el mundo son grabados violentamente en esos execrables mestizajes dejando la huella de un código (casi genético) que perdura en nuestro particular ethos colectivo. Esta sociedad, sin par, inigualable, “genuina”, se constituye a partir de esas confluencias de ancestralidad indígena, afrodescencia, eurocentrismo, mercantilización, precarización (Bauman, 2001), hedonismo y caos.

Hasta aquí, el ausente y anhelado legado ético de los dioses sensatos se disipa, pero nuestra condición inconsistente, amorfa, bicéfala, no se resigna; sigue enfrentándose felizmente a la diáspora cultural y la implosión moral, sigue construyéndose jocosamente desde “lo que hay”, se aferra al inherente trópico y se asegura de adherirse al impulso global que llega, a la moda mensual que atraiga y asignen los mass media, el prolijo mercado neoliberal.

La identidad, a partir de aquel metafísico ethos, se establece con referentes paradisiacos como las “sublimes” creaciones urbanas, exteriorizadas en las profundas (¿?) notas de un reggaetón (para ampliar información consulte –ver y escuchar- los maravillosos videos alusivos al “flow”, al “perreo”, al “maquineo”, a la denigración humana, al “sexo colectivo y público” … o mejor… YA NO consulte- o hágalo bajo su propio riesgo).

Esta intensa búsqueda del SER (colombiano), naturaleza y potencialidades ¡a las que nosotros también tenemos derecho!, lleva a entregarse a estilos de vida, a códigos de conducta mucho más “elevados” de aquellos que legaron nuestros padres europeos; hablo de aquellos que los grandes maestros de los 70 ̈ y 80 ̈ le otorgaron a este atento y simpático pueblo, por mencionar solo algunos de la respetable lista de aquel constructo ético: la corrupción, la trampa, el atajo, la retaliación, la violencia masificada, el gueto traqueto, la comuna pandillista, tantos logros inimaginables en tan corto tiempo, sólo logrado por los iconos intelectuales de esos populares y admirados narco-educadores. ¡Qué tiempos aquellos!

Por estas razones, desde la formación ética no pretendemos cambiar dramáticamente de un sólo impulso el curso de la historia de esta compleja y amalgamada villa, no todo es tan gris como plasmado está en esta radiografía social, debe haber agujeros negros por donde pasar “al otro lado”. Al menos tenemos un paraíso natural al cual dirigir nuestra mirada (debemos admirar pronto el verde y azul profundo de la porción de Continente que aún nos pertenece, antes que nuevas “negociaciones magistrales” -como partes de un Ditirambo eterno- nos arrebaten los casi dos millones de kilómetros cuadrados que restan obsequiar) y seguro en este paraíso aun podemos encontrar sensatez.

En medio de la terrible conciencia de estos fondos, aún creemos en la educación humanista (Hoyos Vasquez, 2008 – 2012), en la formulación de principios de reflexión razonables (Rawls, 1993), en la revisión genealógica de los fenómenos sociales, en la sincera disposición para hacer parte de este proceso de formación, en el acompañamiento de todos los docentes, directivos, familiares, alumnos y demás integrantes de la comunidad académica, para llevar estos procesos de construcción ética a buen puerto, o, a algún puerto, algo diferente al que estamos acostumbrándonos, resignándonos; un puerto alejado de esas manifestaciones “éticas” propias del narcisismo globalizado (Lipovetsky, 2006).

Cada paso no está destinado necesariamente a resaltar las huellas de otros. Podemos también dar pasos genuinos, coherentes, que construyan desde la deconstrucción, tenemos esa naturaleza, esa potencialidad, un nuevo ethos que generar.

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Referencias

Adorno, T. W. (1972). Filosofìa y supersticiòn. Madrid: Alianza.
Arendt, H. (1993). La condiciòn humana. En H. Arendt, La condiciòn humana (págs. 52,53). Barcelona:Paidos.

Bauman, Z. (2001). En busca de la política. En Z. Bauman, En busca de la política (págs. 152 – 153). Buenos Aires: Fondo de cultura económica.

Fromm, E. (1953). Ètica y psicoanàlisis. Buenos Aires: Fondo de cultura econòmica.
Hoyos Vasquez, G. (2008 – 2012). Enciclopedia iberoamericana de filosofía. Filosofía de la educación. Madrid:Trotta.
Lipovetsky, G. (2006). La era del vacio. Madrid: Anagrama.
Morin, E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. París: UNESCO.

Rawls, J. (1993). Liberalismo político. Fondo de cultura económica.
Sacristan, J. G. (2007). Curriculum, una reflexión sobre la práctica. Madrid: Morata.