Ciencias de la Educación

2 de julio de 2019

Las aulas como escenarios para propiciar conflictos

Edwin Moreno Moreno

 Los profesores nos conformaríamos con vivir como meros empleados administrativos o
funcionarios si no tuviéramos en mente esa búsqueda [de concepciones del bien], ese
afán por mejorar la situación de aquellos y aquellas a quienes enseñamos y del mundo que todos compartimos.
No podemos conformarnos con reproducir el estado actual de las cosas.[1]

 

Habitualmente y en diversos espacios los maestros exponen las dificultades, limitaciones e imposibilidades para ejercer su práctica docente debido a los continuos desmanes que generan sus estudiantes en clase. Sin embargo, algunos de ellos, desconocen que hay un escenario donde ni siquiera las políticas educativas contradictorias pueden acceder; es un espacio en el cual sólo la influencia de un docente que se reconoce como gestor de la convivencia puede incidir. “Convivencia no implica la armonía perfecta o la ausencia de conflictos” (Chaux, Lleras, & Velásquez, 2014, p. 19).

Lo que se quiere argumentar en estas líneas, es que los cambios y las trasformaciones sociales, no serán el resultado de factores exógenos, sino la consecuencia local de la movilización que sea capaz de realizar cada docente al interior de las aulas, en otras palabras, es un cambio que se debe dar de adentro hacia afuera. Ahora bien, no es una empresa sencilla la que se plantea en ningún sentido, especialmente cuando el sistema escolar no sólo refleja las divisiones y realidades de la sociedad, sino que sistemáticamente las reproduce (Bourdieu, 1972).

Colombia es una nación que se ha desarrollado en el marco de la violencia, ello ha generado un modelo de sociedad intrínsecamente conflictivo, toda expresión contraria al poder hegemónico ha sido silenciada por medio de la eliminación del otro (Colombia nunca más, 2000). Podríamos afirmar en estos términos que históricamente somos violentos[2]. Este patrón se ha replicado en la cotidianidad: en el hogar, en el trabajo, en las calles, en los medios de comunicación y consecuentemente, en la escuela.

Cuando se analizan las causas de la violencia social y el panorama escolar, se pueden establecer ciertos símiles: a) aquella busca aniquilar las expresiones sociales diversas, este pretende la homogeneización (Mejia, 1999), b) en la primera, no se pretende la dominación o sometimiento sino la eliminación física del otro, en el segundo, se busca la supresión de las ideas del otro sólo porque son erróneas o falsas, a la luz de las nuestras y c) el campo social presenta la militarización como instrumento de terror y polarización por su lado en el ámbito escolar, se sataniza el conflicto y se reprime como medio de control.

Frente al anterior panorama, el maestro que, siendo consciente de dicha realidad, desee contribuir a la construcción de un tejido social para la paz, debe deconstruir su imaginario sobre la definición de paz y requiere empezar a considerarla no en términos de la ausencia de guerra, sino como “un proceso de mediano y largo plazo que desactive las formas culturales de la violencia y construya procesos pedagógicos que nos enseñen a manejar los conflictos, sin ocultarlos, reconociendo en ellos la clave de nuestro crecimiento” (Mejia, 1999, p. 3).

Se tiene entonces, que la labor fundamental es fijar la atención en un elemento de la cotidianidad, los conflictos. Estos necesariamente no deber ser vistos como algo negativo, por el contrario, son la oportunidad para la puesta en práctica de una cultura de paz. La realidad nos muestra que el conflicto es algo que: el docente de aula minimiza en tanto interfiere con el desarrollo de sus temáticas, el orientador maximiza en aras de generar la compresión del contexto y en pro del desarrollo de la personalidad y el coordinador neutraliza deseando el statu quo de sus subordinados.

Para lograr el propósito planteado anteriormente, se presentan dos aspectos que deberían ser considerados por todo maestro, independiente de la cosmovisión de sociedad que considere: por un lado, no invisibilizar el conflicto, y de otro; considerar la paz – o la solución de conflictos – no como algo que pueda ser enseñado en tanto no es, exclusivamente, un proceso cognitivo sino como algo que debe ser practicado.

El primer elemento planteado implica atender al conflicto como el propiciador de transformaciones individuales y sociales, y no como el causante de las dificultades (Mejia, 1999). Se debe entender que las diferencias y el desacuerdo hacen parte de la naturaleza humana y no desaparecen tan sólo dejando de observarlo. La dificultad natural para abordar el conflicto reside, como lo expresa Mejía (1999) en que debido al dolor que nos produce, siempre queremos evadirlo. No obstante, un maestro que no considere el conflicto como una oportunidad para el desarrollo de competencias ciudadanas y que solo traiga a colación la paz en las múltiples actividades del currículo prescripto, que se desarrolla habitualmente en la escuela (semana por la paz[3], catedra de paz, día de la democracia, entre otros) hará poco por la formación de ciudadanos competentes para convivir armónicamente con los demás.

El segundo aspecto, tiene que ver con la consideración del aula como ambiente escolar en el cual sus miembros tienen la oportunidad de buscar soluciones a sus problemas y participar en establecimiento de acuerdos y toma de decisiones que favorezcan la convivencia (Daza & Vega, 2004), quiere esto decir que requiere no solo del conocimiento intelectual sino de ejercicios prácticos pues el currículo escolar está saturado de contenidos acerca de lo que es la enseñanza para el conflicto, pero pocas experiencias para materializarlo, se requiere posibilitar escenarios que permitan la práctica en situaciones de la vida cotidiana, especialmente cuando “lo que el estudiante aprende en el aula no corresponde con lo que ve a su alrededor en la institución escolar o en sus casas, [en ese sentido] el aprendizaje del aula tendrá poco impacto sobre su vida (Chaux, Lleras, & Velásquez, 2014, p. 17)

En síntesis, aquellos maestros que tengan la capacidad de liberar su imaginación, de ver en toda práctica escolar un momento de aprendizaje, intencional o no, para la formación de ciudadanos, de comprender que el conflicto sucede precisamente porque el conocimiento que tienen los estudiantes acerca de los valores choca con la cotidianidad. Serán aquellos que abrirán las puertas al conflicto y poseerán la habilidad de establecer una línea divisoria entre la realidad y los mundos posibles que aquellos espacios pueden crear en el contacto con sus aprendices.

[1] Greene, Maxine. Liberar la imaginación, Ensayos sobre educación arte y cambio social. Barcelona, Editorial GRAO. 2005. P. 11

[2] La historiadora Diana Uribe lo expresa: “Colombia no ha vivido la paz y como hace muchísimo tiempo no tenemos un referente de paz, no tenemos una imagen reciente de lo que es vivir en paz, nos cuesta trabajo imaginarla… como colectividad nosotros tenemos una fatalidad colectiva una desesperanza aprendida” (Uribe, D. 2014).

[3] La idea inicial y original de la Semana por la paz fue la de mantener viva en el seno de la sociedad colombiana la idea de solución política al conflicto armado interno e incentivar la construcción de paz por parte de la sociedad desde los municipios y regiones. (Sandoval, 2013)

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Referencias

Bourdieu, P. (1972). La reproducción. Elementos para una teoría del sistema de enseñanza. Barcelona: Ed. Laia.

Chaux, E., Lleras, J., & Velásquez, A. (2014). Competencias ciudadanas: de los estándares al aula. Una propuesta integral para todas las áreas académicas. Bogotá: Ministerio de Educación Nacional. Universidad de los Andes.

Colombia Nunca más. Crímenes de lesa humanidad. (2000). derechos.org. Obtenido de http://www.derechos.org/nizkor/colombia/libros/nm/z7/Intro.html

Daza, M., & Vega, L. (2004). Aulas en Paz.

Mejia, M. R. (1999). En busca de una Cultura para la paz. Desde una pedagogía del conflicto y la negociación cultural. Ponencia presentada en el Primer encuentro internacional de pedagogía para la paz. Obtenido de http://www.feyalegria.org/images/acrobat/EnBusquedaDeUnaCulturaDeLaPaz_MRMejia_1988.pdf

Sandoval, L. (2013). Semana por la paz. El Espectador. Recuperado el 12 de 09 de 2018, de https://www.elespectador.com/opinion/semana-por-la-paz-columna-445006

Uribe, D. (2014). Todo pueblo está en condiciones de alcanzar la paz. Bogotá. Recuperado el 13 de 09 de 2018, de https://www.youtube.com/watch?v=ixgWYY8BORo&t=149s&ab_channel=TEDxTalks