30 de agosto de 2025
Crisis emocional en el aula: ser maestro se vuelve un dilema
Cielo Stephania González Granados
Estudiante de la Maestría en Educación
Universidad Externado de Colombia
Cuando un profesor entra al aula, se espera que deje sus problemas personales afuera, pero poco se habla de la batalla interna que enfrenta cuando todo en clase parece salir mal. Con niños corriendo y gritando sin control, la frustración, el enojo y el miedo aparecen inevitablemente. Si el docente entra en crisis, puede haber una escena caótica. Se espera que como es un adulto, gestione sus emociones, sin embargo, no hay un manual que diga qué hacer si el aula se descontroló y el docente experimenta un brote de ansiedad. Es probable que termine gritando a sus estudiantes y como consecuencia, recibiría reproches de los padres. Al llegar a casa, quizás se cuestione: ¿vale la pena ser profesor? ¿Serviré para esto?
La falta de educación emocional permanente puede deteriorar seriamente la identidad docente, y este escrito intentará demostrarlo. Para ello, se abordarán los conceptos de educación emocional y de identidad docente. Además, se analizarán situaciones que generan emociones negativas y su repercusión en la identidad profesional. De la misma manera, se examinarán las nociones legales relacionadas con el tema, junto con las acciones emprendidas y los aspectos que requieren aún mejoras.
Para comenzar, la educación emocional es un “proceso educativo, continuo y permanente, que pretende desarrollar las competencias emocionales como parte del desarrollo integral de la persona, con el objeto de capacitarle para la vida” (Bisquerra Alzina & Pérez Escoda, 2007, p. 12). No obstante, su enseñanza es poco frecuente en la escuela y prácticamente inexistente en la universidad, especialmente en los programas de formación docente. En el ámbito laboral, el acceso a apoyo emocional es aún más limitado, pues los colegios suelen reservar los servicios psicológicos exclusivamente para los estudiantes si cuentan con un orientador.
Esta carencia se evidencia en los planes de estudio de diferentes licenciaturas, donde las asignaturas se enfocan en aspectos didácticos y pedagógicos sin incluir la dimensión emocional.
La identidad docente, por su parte, es una: “construcción dinámica y continua, a la vez social e individual, resultado de diversos procesos de socialización … vinculados al contexto (socio histórico y profesional) particular en el cual esos procesos de inscriben” (Vaillant, 2008, como se citó en Morales-Escobar et al., 2021, p. 351). Sutherland et al. (2010, como se citaron en Vanegas Ortega & Fuentealba Jara, 2019) sostienen que:
La identidad profesional docente proviene de la posición de la persona dentro de la sociedad,
la interacción con los demás y la interpretación de sus experiencias. Comienza por la
autopercepción de ser maestro y continúa con tratar de ser visto por otros como tal. Así, las
creencias y conceptos de “buen maestro” se derivan de sus teorías implícitas y se reconfiguran en
la práctica a través de procesos de reflexión. (p. 123)
En consecuencia, tanto la educación emocional como la identidad docente son esenciales en la formación de los maestros, aunque su desarrollo sigue siendo un desafío en los espacios educativos. Así las cosas, la identidad docente se forma a partir de las experiencias por las que atraviese el docente. No obstante, cuando estas no son favorables, pueden estar atravesadas por emociones que no fueron gestionadas en su momento, y en el presente como producto de la represión que ha tenido que hacer para que nadie lo note y, asimismo, no lo señale.
Un claro ejemplo de lo anterior es el primer día de un profesor. No hablo del primer día de prácticas, sino del primer día en ejercicio. Es un momento que genera incertidumbre y angustia, en el que, además, se espera que proyecte autoridad ante sus alumnos. Si eso no sucede, comienzan los cuestionamientos sobre la labor docente. Tal es el caso de una maestra del área de español de un colegio público, quien me relató que, en su primer día, no logró captar la atención de sus alumnos de grado décimo. Frustrada y desbordada por la emoción, salió del aula y comenzó a llorar, hasta que el coordinador le ordenó regresar al salón, advirtiéndole que, si no lo hacía, pondría en duda su vocación y podrían buscar otro candidato para el puesto.
Experiencias como la anterior pueden ser el detonante de cuestionamientos sobre su vocación y su rol en el aula. Solo unas pocas situaciones negativas, donde las emociones se desbordan, pueden hacer que un profesor se pregunte si realmente vale la pena continuar en la enseñanza. En este sentido, “la identidad es un proceso no lineal caracterizado por las dificultades que son superadas con la apropiación de competencias profesionales puestas en contextos reales de desempeño” (Vanegas Ortega & Fuentealba Jara, 2019, p. 123). Así, la educación emocional se convierte en una herramienta clave para fortalecer la identidad docente y ofrecer estrategias para enfrentar estos desafíos.
Justamente, reconociendo la importancia de la educación emocional, nace la Ley 2383 de 2024, con la que se pretende fomentar la educación emocional en los miembros la comunidad educativa. En su artículo 4, segundo ítem, se establece la necesidad de una “formación permanente en educación socioemocional para los educadores y los maestros con título de normalista superior y/o licenciados” (Secretaría Jurídica Distrital, 19 de julio de 2024. D.O No. 52822, art. 4). Aunque su implementación se encuentra en la fase inicial, es importante que todas las instituciones la incluyan en su quehacer pedagógico con el fin de dotar a los docentes de herramientas de gestión emocional.
Son las experiencias negativas dentro del aula en conjunto con las sensaciones y emociones que producen las generadoras de la crisis de identidad docente. En mi caso, tuve un grupo de estudiantes que en varias ocasiones me insultaron por no acceder a sus demandas. Cuando eso ocurría, quedaba paralizada y sintiéndome una mala profesora. En mi primer año de labor, presenté varias crisis de ansiedad y no recibí apoyo. Me preguntaba si era un problema mío o si esas situaciones desagradables eran parte del oficio. La docencia exige varios roles, lo que me lleva a cuestionarme si absorber insultos también era uno ellos.
Adicionalmente, investigaciones respaldan que la falta de congruencia entre valores personales e institucionales, la ausencia de apoyo directivo y las relaciones con la comunidad educativa predisponen al agotamiento emocional y la crisis de identidad (Gómez, 2015). El diario El País confirma esta problemática al señalar que “el 49,5% de profesores asegura que su trabajo le genera un desgaste emocional que lo lleva a estar insatisfecho con su profesión” (Zafra, 2025, párr. 1).
Si bien existen eventos sobre educación emocional, el acceso a estos es limitado debido a costos elevados, horarios y carga laboral. “Las condiciones de trabajo o el exceso de burocratización contribuyen al aumento de la insatisfacción de los docentes” (Caballero, 2025, párr. 1). En este contexto, “las exigencias emocionales del trabajo son más importantes que las estrategias individuales de trabajo emocional” (Gómez Torres, 2015, p. 48). Es así como la salud mental se convierte en moneda de cambio ante reformas educativas que prometen mejoras a costa de más trámites y exigencias.
En conclusión, la represión emocional prolongada puede desencadenar una crisis profunda, afectando la identidad docente y su motivación. La educación emocional no debe reducirse a talleres ocasionales, sino constituir una intervención constante y accesible para todos los niveles educativos.
Ser maestro no debe ser sinónimo de una esponja silenciosa, sino que debería significar la oportunidad de construir una identidad basada en la autoconciencia y reconocimiento de la labor docente. Solo así la enseñanza se transformará en un espacio más humano, donde el bienestar emocional del educador sea una prioridad y no una lucha interna.
Referencias
Bisquerra Alzina, R., & Pérez Escoda, N. (2007). Las competencias emocionales. Educación XX1, 10, 61-82.
Caballero, D. S. (2025, 30 abril). Tres de cada cuatro profesores no tienen tiempo para hacer su trabajo y la mitad sufre desgaste emocional. ElDiario.es. https://www.eldiario.es/sociedad/tres-cuatro-profesores-no-tiempo-trabajo-mitad-sufre-desgaste-emocional_1_12259524.html
Gómez Torres, F. (2015). Los sentimientos y las emociones en la identidad profesional de profesor.Praxis Pedagógica, 15(16), 39-52. https://doi.org/10.26620/uniminuto.praxis.15.16.2015.39-52
Morales-Escobar, I., Correa Londoño, M., & Peinado Méndez, A. (2021). Identidad profesional docente en tiempos de crisis: relevancia de la empatía en la práctica pedagógica. Revista Boletín Redipe, 10(12), 350-359. https://doi.org/10.36260/rbr.v10i12.1594
Secretaría Jurídica Distrital. (2024, 19 de julio). Ley 2383 de 2024. Por medio de la cual se promueve la educación socioemocional de los niños, niñas y adolescentes en las instituciones educativas de preescolar, primaria, básica y media en Colombia. Secretaría Jurídica Distrital de la Alcaldía Mayor de Bogotá D.C. https://www.alcaldiabogota.gov.cosisjur/normas/Norma1.jsp?i=160018
Vanegas Ortega, C., & Fuentealba Jara, A. (2019). Identidad profesional docente, reflexión y práctica pedagógica: consideraciones claves para la formación de profesores. Perspectiva Educacional. Formación de profesores, 58(1), 115-138. https://dx.doi.org/10.4151/07189729-vol.58-iss.1-art.780
Zafra, I. (2025, 30 de abril). La mitad de los profesores sufre un desgaste emocional significativo por su trabajo. El País. https://elpais.com/educacion/2025-04-30/la-mitad-de-los-profesores-creen-que-la-formacion-que-reciben-es-insuficiente-para-hacer-su-trabajo.html
